En tiempos de balance y cierre de año escolar, el debate sobre el uso de pantallas vuelve a ponerse en primer plano. Con la llegada de las vacaciones, el desafío se intensifica: más tiempo libre, rutinas más laxas y una presencia digital que muchas veces se vuelve omnipresente.
Especialista en ciudadanía y crianza digital, Lucía Fainboim propone correrse de la lógica del “todo o nada” para asumir, desde el rol adulto, una estrategia de cuidado que combine límites claros con acompañamiento activo. El foco no está en demonizar la tecnología, sino en distinguir entre usos que aportan al desarrollo y otros que, por su diseño, fomentan el exceso.
Uno de los consensos más firmes entre quienes investigan estos temas apunta a reducir —y en lo posible eliminar en edades tempranas— el consumo de videos cortos en plataformas pensadas para el scroll infinito. Este tipo de contenidos impacta de lleno en la capacidad de atención y vuelve cada vez más costoso sostener experiencias necesarias para un crecimiento saludable, como leer, jugar o simplemente esperar.
“Si hay pantallas, que haya historias”, plantea Fainboim. Películas, series o documentales que puedan ser narrados luego funcionan como una alternativa más amable frente a la fragmentación constante. En la misma línea, recomienda demorar lo más posible el ingreso a redes sociales, idealmente hasta la adolescencia, por las dinámicas de exposición, validación y consumo que proponen.
El desafío, aclara, no se resuelve en soledad. Armar acuerdos con otras familias —hacer tribu— resulta clave para no quedar atrapados en la presión del “todos tienen menos yo”. Lo mismo sucede con el acceso al primer celular propio: retrasarlo hasta la secundaria permite acompañar mejor procesos de autonomía, privacidad y responsabilidad.
Pero la conversación no se agota en lo que ocurre dentro de las pantallas. Tan importante como regular el tiempo online es recuperar aquello que se pierde cuando la hiperconexión avanza: el juego libre, el encuentro con pares, los espacios lúdicos y el tiempo compartido en familia sin dispositivos de por medio. Ahí también se juega la salud mental futura.
Aceptar que vivimos un cambio de época no implica resignarse. Implica elegir qué batallas dar y cuáles valores preservar. En ese equilibrio —entre lo digital y lo presencial— se construye un uso más consciente de la tecnología, donde las pantallas sean herramientas y no dueñas del tiempo.

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